La ley del hambre by Ana Ballabriga & David Zaplana

La ley del hambre by Ana Ballabriga & David Zaplana

autor:Ana Ballabriga & David Zaplana [Ballabriga, Ana & Zaplana, David]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Intriga
editor: ePubLibre
publicado: 2023-03-23T00:00:00+00:00


34

Año 1940

Crispo era el dueño de Candasnos. Controlaba el ayuntamiento, controlaba las tierras y controlaba el silo. Todo el mundo trabajaba para él o tenía que hacer negocios con él si quería ganar dinero o recibir su cartilla de racionamiento.

Vivía en la casa de los antiguos terratenientes que tuvieron que malvender sus propiedades y abandonar el pueblo, una casa de piedra, con dos plantas y granero, en la calle Mayor.

Necesitaba una mujer que se encargara de la casa, que le hiciera la comida, le lavara la ropa y le calentara la cama. Le echó el ojo a Florentina, una beata de dieciséis años que quedó huérfana en la guerra y pasaba sus ratos libres en la iglesia. Esa inocencia le daba morbo y soñaba con ponerle su cirio delante y obligarla a adorarlo con devoción. Los tíos de la chica no podían mantenerla y vieron el cielo abierto cuando Crispo la pretendió.

A Florentina le repugnaba Crispo. Era un tipo feo, sucio y desagradable, una mala persona que disfrutaba maltratando a la gente. Asumió su destino con resignación y abría las piernas o la boca sin rechistar cada vez que a él le apetecía.

Cuando la dejó embarazada, el asco que sentía por su marido se convirtió en repulsión. Aguantaba las náuseas y, cuando su marido terminaba, corría a vomitar al corral.

Los primeros meses de embarazo Florentina perdió mucho peso, estaba pálida y muy débil. Suplicó a su marido que buscara a alguien para ayudar en las tareas de la casa y, después de varios desmayos, Crispo aceptó a regañadientes. Contrató a una moza del pueblo, Renata, que tenía fama de trabajadora.

Pero Florentina no mejoraba, pasaba semanas enteras sumida en la fiebre y el delirio. Y Crispo seguía metiéndose entre sus piernas cada noche. El contraste del aspecto famélico con la enorme barriga le excitaba; también los insultos que brotaban de su boca en mitad de los delirios: «¡Herodes! ¡Judas! ¡Satanás!».

Una noche, mientras Crispo la montaba, Florentina dejó de gritar y de moverse. Al terminar, él le echó una jarra de agua en la cara y, como no reaccionaba, llamó a sus hombres para que la enterraran en el patio. El capataz la miró horrorizado.

—Está preñá de siete meses. ¿Y el chiquer?

Aunque a Crispo le importaba un pimiento, sintió una punzada de curiosidad por saber si se parecería a él.

—¡Sácalo, pues!

El capataz caminó con recelo hacia el cuerpo desnudo y demacrado sobre la cama. Colocó el cuchillo de caza sobre la barriga abultada e hizo un corte debajo del ombligo. Metió la mano y cogió al bebé por los pies. Era un niño y rompió a llorar.

—¡Folio! ¡Si es más feo que un cardo borriquero! Me ofende esa jeta.

—Es tu chiquer. —El capataz estaba asombrado de que hubiera sobrevivido.

—¿Tú sabes si es mío? Yo no sé ni picota. Dáselo a los tocinos, que coman pelota.

El capataz abrió los ojos, horrorizado por la idea de dárselo a los cerdos.

—Conozco una pareja del pueblo que no pueden hacer hijos. Igual lo quieren pa ellos.

—¡No me corrompas la sangre! Haz lo que te dé la gana.



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